Aaron Krause tenía 37 años y dirigía una empresa internacional de fabricación. Una jornada laboral normal consistía en ocuparse del papeleo en la oficina principal y, al mismo tiempo, reparar la maquinaria en la trastienda. Tener las manos sucias era una molestia constante y, con el tiempo, también lo se convirtió el único producto disponible para limpiárselas (una pasta de piedras y loción […]









