Nace una sonrisa

Era otoño y había que limpiar los muebles de jardín. Aaron empezó a usar una esponja tradicional de doble cara, pero esta rayó la pintura al instante. Decidió probar la vieja espuma de fregado manual que tenía guardada y que poco a poco había ido acumulando polvo. ¡Funcionó de maravilla y no rayó nada! Mientras seguía limpiando, Aaron se dio cuenta de que la temperatura del aire frío hacía que la textura de la espuma cambiara, volviéndose más firme.

 

Su consistencia más rígida aportaba un plus de potencia de fregado. Cada vez que volvía a sumergir la esponja en el agua jabonosa, esta se ablandaba y se amoldaba con mayor facilidad. Una vez limpios los muebles, llevó la esponja al fregadero de la cocina. Con poco esfuerzo y un poco de agua corriente, la esponja, que estaba llena de suciedad, quedó prácticamente como nueva, lo que dio pie a su siguiente prueba: los platos. Era la combinación perfecta. Se añadió una boca sonriente para limpiar mejor los utensilios, lo que abrió la puerta a otra patente.