Aaron Krause tenía 37 años y dirigía una empresa internacional de fabricación. Una jornada laboral normal consistía en ocuparse del papeleo en la oficina y, al mismo tiempo, reparar la maquinaria en la trastienda. Tener las manos sucias era una molestia constante y, con el tiempo, también lo se convirtió el único producto disponible para limpiárselas (una pasta a base de piedras y loción conocida como GOJO). Aprovechando sus 14 años de experiencia en la fabricación de almohadillas de pulido de espuma de uretano, Aaron se propuso inventar una forma más cómoda de limpiarse las manos.
