Una espuma de polímero de alta ingeniería resultó ser la solución perfecta. De hecho, funcionó tan bien que Aaron supo que no podía guardársela solo para él. Patentó el diseño, que tenía forma redonda, ranuras en un lado y dos agujeros perforados en el centro. Empezó a comercializar el estropajo de mano entre los talleres de carrocería, donde se encontró con una oposición abrumadora. Consideraban que el producto no era esencial y que su precio era excesivo. Sin el apoyo de su mercado objetivo, Aaron no tuvo más remedio que abandonar la idea, guardar la espuma amarilla en una caja y escribir las letras S-C-R-A-P en un lateral.
